Pisa con cuidado….ya queda menos para llegar. Ahora, a las mieles del triunfo, a pocos pasos de su objetivo final, ahora nota como ese cuerpo que iba haciéndose más y más pesado con cada paso que daba, aquel cansancio inmenso que le llenaba el alma de plomo, se desvanece entre sus dedos, livianos, ligeros, veloces. No queda nada. Un poquito más, otro…las zancadas se vuelven amplias y raudas, ya lo ve, ya lo siente, ya lo toca.
Él está ahí, rozando la cima. El aire gélido hiere sus pulmones, pero estos contestan con una bocanada de triunfo. Mírame, Mundo, he alcanzado tu cumbre. Mírame, atrévete a plantarme cara…¿acaso puede existir alguien más poderoso que yo, que todo lo he logrado?
Mírame…este es el último paso, y con él te conquisto por fin, con él te domino como jamás han hecho ni harán. Mírame…
Arrasado por el sudor que le corroe, olvidando que unos segundos antes se encontraba exhausto y moribundo. Mírame, Mundo, mírame bien.
Pero entonces, ocurre.
El último paso termina. Se posa firmemente sobre las rocas. Unas piedrecillas se desprenden y mueren en alguna eternidad incierta.
Y él abre los ojos.
Y mira.
¿Qué ve, entonces? ¿Existen palabras suficientes en algún idioma para describir lo que siente en ese momento?
¿Qué ocurre? El rey ha dejado de ser rey. El conquistador se ha visto conquistado; su triunfo perdido a las puertas de Troya, su orgullo para siempre sepultado en un falso caballo de madera. Y es que nuestro viajero acaba de conocer a la Nada.
La Nada y el Todo son uno. Lo sabe desde que sus sorprendidos ojos trataron de abarcar el paisaje que la cima de la montaña les ofrecía, y no pudieron.
¿Acaso alguien puede comprender un mar de nubes? Él que se creía inmenso, invencible, dominador absoluto de la Naturaleza, descubre que no es más que un diminuto alfiler perdido en un océano de paja.
Las nubes, a sus pies, extienden su reino infinito. Remolinos eternos de fiero algodón, espías de las alturas. Ellas lo pueden y lo saben todo, y a la vez no son nada.
Una nube no es más que vapor huidizo que se desvanece entre llantos. Sin embargo, él se siente completamente a merced de ellas, que todo lo controlan, y que no controlan nada.
La Naturaleza.
La Naturaleza se desprende de las nubes, lo envuelve todo. A él le ha dejado sin aliento, ha transformado al conquistador en un punto diminuto.
La Naturaleza se ríe de él, entre verde y gris, entre azul y vapor. Se ríe de que él, minúsculo microbio, se atreva a considerarse único, superior…cuando realmente forma (como todo) parte de Ella.
La Naturaleza, comprende, la Naturaleza lo puede todo.
Sigue mirando, sobrecogido, pequeño, sólo. Contempla cada forma engañosa que crean las nubes, cada lejano árbol, cada afilada roca. Y se deja llevar por esa armonía única que entonan todos a la vez, esa música que le envuelve, le atraviesa y sale de él.
TE MIRO, MUNDO, YO TE MIRO
Te miro sin yo, más bien, pues yo no soy nada. Te miro, Mundo, sabiendo que nunca podrás encontrarme, pequeña peca en tu espalda.
Te miro sin saber nada, te miro sin poder ni preguntarme nada. Te miro porque ya no soy, porque ya no siento, porque ya no estoy.
Te miro…
La Naturaleza es inmensa y sabia, el hombre tan solo un pedacito de inmundicia amarga. Por eso hoy me alegro de haberlo olvidado todo para comprender, al fin
Que no soy, que no somos NADA.
Este texto está inspirado en la obra El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich.