Medianoche entre extraños
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La vieja taza de café roja descansa humeante sobre la mesa, empañando
lánguidamente la ventana. Es una noche tranquila. Los coches, compañeros de
mis noche...
El Puti Joven, la inauguración
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Bueno, creo que después de la resaca de Año Nuevo (pobre Cebollino que se
emborrachó a base de zumo de uva creyendo que era Martini...), podemos
continua...
Intento de halo
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Para la pequeña Yol :)
No puedo gritar sorpresa. Y tampoco puedo decir que el video sea gran cosa
porque POR MUCHO QUE TE EMPEÑES esta canción no me sale...
En un foro en el que participamos Margot y yo, Por el suelo, estamos haciendo un proyecto que consiste en escribir cada uno un pequeño texto a partir de varias palabras que hemos dicho entre todos. En este caso, las palabras eran adoquín, umbría, libélula, reflejo, amor, pequeño, profundo, sofá, espacio y fotografía. Este es mi resultado.
El funeral de las horas, o La locura de las libélulas. Un, dos. Tres campanadas en la torre de la iglesia. Y cuatro saltos torpes sobre la piel de un adoquín.
Tic, tac, pum. El tiempo ha dejado de correr. ¿Qué haremos ahora, qué haremos? Pequeños, absurdos, inútiles seres. Podemos dominar el mundo, pero si se para el cálido tic tac desesperamos y enloquecemos, amor.
Catapum. Hasta las onomatopeyas han desaparecido. Y las interjecciones, amor. La luz se pierde tras la umbría, y tu chocolate se enfría de golpe. Las sonrisas se congelan, ¡Cuidado! Mientras lloramos los funerales del tiempo, hace su entrada el espacio de las libélulas. Y las libélulas, lindezas malévolas, liberan su locura sobre las lomas. Ha llegado el horror.
El horror, el extraño horror. El temor profundo, oculto en tus ojos pensantes. Ahora que ha muerto el tic tac, las fotografías salen de su letargo, y te saludan con un “buenos días” alado. Sobre el sofá, apenas se vislumbran pobres reflejos de las horas perdidas. Ha muerto todo, parálisis eterna. Muero yo también, muero, sobre tus ojos de cristal que miran sin comprender.
Tan sólo quedarán las libélulas. La locura de las libélulas, que sobrevive al tiempo y a la eternidad. Universo de infinitas libélulas, de infinitas, aladas y locas libélulas.
Temiendo al blanco que viste …al frío que existe, En la soledad de tus adentros.
Jodido payaso triste, Te estás muriendo por dentro.
Y tu maquillaje no resiste Al aguacero de tus ojos Y tu voz no emite Más sonido que el de un lloro, Clamando con tu lamento triste… …Payaso triste, Estás perdiéndolo todo.
Jodido payaso triste ¿dónde has perdido tus globos… Tu magia, tu chiste, Tu canto, tu aplauso Y hasta el traje de colores que te viste? Payaso triste Estás quedándote solo.
Jodido payaso triste Vas pisando los charcos Conociendo el asfalto El frío asfalto De un camino a ningún lado.
Payaso triste....ningún otro circo te va a querer. Maldita sea.
Patea una lata vacía y piensa – Es cierto-.
Mira el cielo y piensa –Está es la única carpa que me cobija, un manto de estrellas que se ríen desde lejos-.
Un charco claro, y de repente el payaso atisba su reflejo…
-No puede ser…a estas alturas….sólo he conseguido ser un maldito payaso triste, sin colores, sin amores…tan sólo este mísero reflejo… De alguien que está sólo. De alguien que está hundido… De alguien a quien han echado del último ruedo.-
Pisa con cuidado….ya queda menos para llegar. Ahora, a las mieles del triunfo, a pocos pasos de su objetivo final, ahora nota como ese cuerpo que iba haciéndose más y más pesado con cada paso que daba, aquel cansancio inmenso que le llenaba el alma de plomo, se desvanece entre sus dedos, livianos, ligeros, veloces. No queda nada. Un poquito más, otro…las zancadas se vuelven amplias y raudas, ya lo ve, ya lo siente, ya lo toca.
Él está ahí, rozando la cima. El aire gélido hiere sus pulmones, pero estos contestan con una bocanada de triunfo. Mírame, Mundo, he alcanzado tu cumbre. Mírame, atrévete a plantarme cara…¿acaso puede existir alguien más poderoso que yo, que todo lo he logrado?
Mírame…este es el último paso, y con él te conquisto por fin, con él te domino como jamás han hecho ni harán. Mírame…
Arrasado por el sudor que le corroe, olvidando que unos segundos antes se encontraba exhausto y moribundo. Mírame, Mundo, mírame bien.
Pero entonces, ocurre.
El último paso termina. Se posa firmemente sobre las rocas. Unas piedrecillas se desprenden y mueren en alguna eternidad incierta.
Y él abre los ojos.
Y mira.
¿Qué ve, entonces? ¿Existen palabras suficientes en algún idioma para describir lo que siente en ese momento?
¿Qué ocurre? El rey ha dejado de ser rey. El conquistador se ha visto conquistado;su triunfo perdido a las puertas de Troya, su orgullo para siempre sepultado en un falso caballo de madera.Y es que nuestro viajero acaba de conocer a la Nada.
La Nada y el Todo son uno.Lo sabe desde que sus sorprendidos ojos trataron de abarcar el paisaje que la cima de la montaña les ofrecía, y no pudieron.
¿Acaso alguien puede comprender un mar de nubes? Él que se creía inmenso, invencible, dominador absoluto de la Naturaleza, descubre que no es más que un diminuto alfiler perdido en un océano de paja.
Las nubes, a sus pies, extienden su reino infinito.Remolinos eternos de fiero algodón, espías de las alturas. Ellas lo pueden y lo saben todo, y a la vez no son nada.
Una nube no es más que vapor huidizo que se desvanece entre llantos. Sin embargo, él se siente completamente a merced de ellas, que todo lo controlan, y que no controlan nada.
La Naturaleza.
La Naturaleza se desprende de las nubes, lo envuelve todo. A él le ha dejado sin aliento, ha transformado al conquistador en un punto diminuto.
La Naturaleza se ríe de él, entre verde y gris, entre azul y vapor. Se ríe de que él, minúsculo microbio, se atreva a considerarse único, superior…cuando realmente forma (como todo) parte de Ella.
La Naturaleza, comprende, la Naturaleza lo puede todo.
Sigue mirando, sobrecogido, pequeño, sólo. Contempla cada forma engañosa que crean las nubes, cada lejano árbol, cada afilada roca. Y se deja llevar por esa armonía única que entonan todos a la vez, esa música que le envuelve, le atraviesa y sale de él.
TE MIRO, MUNDO, YO TE MIRO
Te miro sin yo, más bien, pues yo no soy nada. Te miro, Mundo, sabiendo que nunca podrás encontrarme, pequeña peca en tu espalda.
Te miro sin saber nada, te miro sin poder ni preguntarme nada. Te miro porque ya no soy, porque ya no siento, porque ya no estoy.
Te miro…
La Naturaleza es inmensa y sabia, el hombre tan solo un pedacito de inmundicia amarga. Por eso hoy me alegro de haberlo olvidado todo para comprender, al fin
Que no soy, que no somos NADA.
Este texto está inspirado en la obra El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich.
Hace algo más de un año, unos amigos empezamos un blog para publicar lo que escribimos y compartir nuestros gustos literarios. Después de varios parones provocados por malas rachas, vaguería extrema, o lo lento que funciona blogia, hemos vuelto a la carga con uno nuevo, a ver si nos animamos a seguir escribiendo. De momento, si queréis leernos, dejamos abierto el antiguo blog, aquí.